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miércoles, 17 de marzo de 2010

                                         LA CARRERA DEL ROBOT



 
   Conocí a una señora no desprovista de belleza, que en sus andares desvelaba una pesada carga y en su mirada, una tristeza muda.
     Me costaba imaginar cómo alguien que a primera vista parecía tenerlo todo; posición social y económica, una familia estable, y como digo, una gran belleza física, rezumaba tanta soledad.
     Con el tiempo, entablé amistad con ella y a medida que iba conociendo su trayectoria de vida, me fue atrapando como una tela de araña.
     Había vivido una vida apasionante, llena de experiencias, había luchado como una leona para conseguir todo cuanto tenía y justo ahora, cuando se encontraba en la cumbre de su existencia, su estado anímico se desmoronaba por momentos, haciéndola entrar en un laberinto tenebroso de pensamientos negativos y aparentemente sin salida.
     Cuando le pregunté qué le había llevado a esta situación, me contestó rotunda.
     -“Me he deshumanizado”.
     Por la expresión de mi cara debió darse cuenta de que no entendía nada de lo que intentaba decirme con semejante afirmación, y con una medio sonrisa, la cuál agradecí, se dispuso a contarme:
     -Verás, me he pasado la vida haciendo “multitareas”, creía que cuantas más cosas fuese capaz de conseguir en la vida, mejor futuro se me presentaría. He corrido demasiado y esa carrera me está pasando factura. Me he convertido en un robot que no sabe hacer otra cosa que correr, correr a ninguna parte.
     -Pero que tonterías estas diciendo -, le contesté en mi afán de serle útil.
     -Mira a tu alrededor, tienes todo lo que una persona pueda desear, ahora sólo tienes que disfrutarlo.
     Me lanzó una mirada, que aún hoy cuando la recuerdo, hace que un escalofrío recorra mi columna.
     -No has entendido nada, -me dijo.
     -En mi carrera, he perdido la capacidad de “saborear” las experiencias, y ahora, ya no me queda tiempo…
     Me miró con esos ojos profundos y únicos, me dio un cálido beso en la mejilla y se fue.

     Aquella misma noche se suicido tirándose del emblemático puente de la ciudad.






   

     Me pasé varias semanas atormentándome por no haber sabido leer entre líneas lo que tramaba hacer con su vida.
     Ahora he comprendido que la felicidad absoluta, no existe, que hay que aspirar a una felicidad razonable.
     A mi  amiga, le faltó la voluntad que aparece en la lucidez del que se cree perdedor, que consiste en volver a empezar poniendo de nuevo sobre la mesa los propósitos a alcanzar.
     Yo, me he perdonado, porque se que el tiempo, cura casi todas las heridas. He superado el pasado con todo lo que eso significa, vivo abierta a lo que esté por venir e intento que entre la teoría y la práctica, haya una relación lo más equilibrada posible.

4 comentarios:

Adriana Alba dijo...

Cada alma tiene una historia diferente, y se encamina por distintos lugares, hay que perdonar y seguir adelante, triste historia pero el mensaje lo has dejado claro.

Gracias Lola!

Anónimo dijo...

Hace tiempo descubri,que la vida si la vives despacio y atenta a tu alrededor ,puedes percivir mensajes ocultos por todas partes que te llenan de paz, alegria y gratitud. Gacias Lola ,por estar aquí. un abrazo y un guiño a la vida. Nieves

CORDOBESA dijo...

No se puede vivir solo con la idea de alcanzar el éxito, de tener todo lo que se desea, y olvidar lo principal, el disfrutar de los pequeños momentos de felicidad que la vida nos da, saborear los días y compartirlos con los tuyos.
Triste final el de esta mujer.
Un abrazo.

CORAZÓN VERDE dijo...

Que pena se olvido de vivir lo más importante de la vida los pequeño detalles