(imagen cogida de Internet)
En un momento de
nostalgia repaso las páginas impresas con cientos de palabras, pensamientos,
vivencias, sueños…
Y observo que poco ha
cambiado. La inquietud, el deseo, los rincones del alma siguen estando latentes
en cada recodo, en cada expresión y en cada silencio esperando ser atendidos,
esperando pacientes en un letargo constante e insatisfecho donde el sueño y la
realidad se confunden a veces, para otras muchas despertar rabiosos y con ganas
de gritar aquello que se lee entre líneas.
Es curioso observarse
desde fuera, es altamente esclarecedor y sanador al mismo tiempo observar como la
vida te lleva, te zarandea, te da, te quita mientras tú estás ahí participando
como un simple actor de comedia con su papel bien aprendido y cómo a veces,
sólo a veces te permites saltarte el guión para salir de este escenario e
interpretar tu propio papel.
Es curioso cómo
creemos estar haciendo la obra de nuestra vida y luego cuando observas la
escena sentado cómodamente en butaca preferente te das cuenta de que tú no
eres ese personaje “famoso” y al detener un segundo la respiración, comprendes
que eres el observador que crea.
Y es entonces en ese
instante de lucidez que encuentras el momento perfecto, la palabra perfecta,
pero cuando intentas plasmarla en el papel ya se ha convertido en pasado. Intentas recrear la escena pero ya nada es lo mismo…
Y te aferras a un
presente continuo porque no quieres perderte nada y te observas nuevamente con
infinita compasión y entiendes que en realidad, todo, absolutamente todo, estuvo,
está y estará en ti.






