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martes, 7 de octubre de 2014

RE-ENCUENTROS




Ayer me encontré con una amiga de la infancia, hacía casi 20 años que no nos veíamos. Nos fuimos a tomar un te y a ponernos al día de cuanto había ocurrido en nuestras vidas en estos años.
Es curioso como aparecen y desaparecen las personas en nuestro caminar…
En un momento dado, nuestros mundos tomaron rumbos distintos y perdimos el contacto, lo fuimos relegando a una simple llamada de teléfono por Navidad y poco más.
Me encantan estos guiños del destino juguetón.
Porque es curioso que justo aquello  que no compartíamos y que nos fue distanciando, sea precisamente lo que nos vuelva a unir.

Cuando me despedí de ella, la miré larga y fijamente y un escalofrío me recorrió el cuerpo…
Sentí una emoción indescriptible, no ya por el feliz re-encuentro, que también, era algo más etéreo.
No se si seré capaz de describirlo.
Era como verla por primera vez pero también era como si reconociera la antigüedad de su ser.

Y eso me confirmó, que la esencia de las personas no cambia tanto, o no cambia nada con el paso del tiempo. En el fondo de sus ojos descubrí que seguía siendo aquella personita avispada y dulce a pesar de todo el bagaje de su vida.
Nuestra esencia se mantiene intacta a pesar de que el péndulo de nuestras emociones se mueva imparable.

Y es así, que empiezo a mirar a las personas que me rodean con otros ojos.
Y es así, que no me basta con mirar con los ojos físicos, aquellos que desvirtúan una realidad que aún siéndome familiar siento que no es exacta.
Miro hacia atrás en el tiempo y busco en mi interior aquello que soy, aquello que mantengo.
Me reconozco y abrazo la esencia de lo que fui, de lo que soy.
La miro y hallo más, mucho más de lo que veo.